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Historia 2.8

Un hogar para los más pobres y vulnerables

Soluciones de vivienda en zonas del interior de Surinam

Maseja Amoloe es una madre soltera que reside en Pikin Pada, un pequeño poblado cimarrón del interior de Surinam2. Estos núcleos tienen su propia forma de gobierno inspirada en tradiciones amerindias como son los derechos de nacimiento, y cuentan con el pleno reconocimiento del Gobierno de Surinam. La administración de los poblados está a cargo de un kapiten que funge como máxima autoridad local.

Al igual que otras personas del poblado, Amoloe cultiva yuca, hornea pan y realiza labores de costura para subsistir. Ella y sus cinco hijos vivían en una choza hasta noviembre de 2015, cuando llegó a Pikin Pada un programa estatal de vivienda dirigido a pequeñas poblaciones rurales. Amoloe fue escogida por el kapiten como una de las 20 personas que se beneficiarían de un subsidio de US$8.000 para construir una vivienda mejor, y hoy cuenta con un espacio amplio, instalaciones sanitarias, y muros y techos de buena calidad.

Aproximadamente 65.000 personas (12% de la población total de Surinam) viven en zonas del interior del país, las cuales comprenden unos 150 poblados habitados por grupos amerindios o cimarrones. La mayoría de estas localidades solo son accesibles por caminos de tierra, por vía fluvial o en avioneta. Muchas carecen de electricidad y dependen de generadores de propiedad estatal que solo funcionan unas pocas horas al día.

Esta iniciativa hace parte del Segundo Programa de Vivienda para Familias de Bajos Ingresos, financiado a través de un préstamo del BID con garantía soberana por US$15 millones. El programa ofrecía soluciones habitacionales asequibles a los pobres, incluidas las poblaciones de amerindios y cimarrones. Desde su lanzamiento en 2011, la iniciativa ha financiado la construcción de 200 casas y el mejoramiento de 1.800 viviendas para más de 2.000 familias.

Ensayo y error caracterizaron la construcción de estas viviendas dado, entre otros, a la dificultad para obtener materiales, los altos costos del transporte y supervision, y la escasez de mano de obra preparada, ya que los hombres calificados para este trabajo, migran a buscar empleo. Además, la mayoría de los beneficiarios no pueden acceder a un préstamo debido a sus niveles de pobreza y el regimen comunitario de propiedad no permite utilizar la tierra como garantía.

Dos pueblos amerindios y dos cimarrones fueron seleccionados en un programa piloto para diseñar un modelo de subsidios adaptado a las circunstancias locales. Los kapitens designaron a los beneficiarios según su grado de necesidad, empleando criterios claramente definidos. Se fijó un subsidio inicial de US$8.000 para cubrir en su mayor parte el costo de construir una vivienda de 50 m2 con sistema de recolección de agua, aunque los beneficiarios también contribuyeron en especie (materiales, mano de obra) o en efectivo, según sus posibilidades. Por ejemplo, Amoloe aportó arena, grava, cerraduras, clavos y una cubierta de PVC, además de cubrir el costo de transporte de estos materiales.

El proceso comenzó con los kapitens explicando el programa, luego un taller de construcción y diseño en que la comunidad diseñó su vivienda ideal. Un equipo de arquitectos plasmó esa visión en una unidad pequeña y funcional que incorporaba un baño accessible desde el exterior, un porche frontal y el número de divisiones en la estructura. Una vez seleccionados los beneficiarios y diseñada la casa, el programa negoció la adquisición de materiales adecuados al proyecto. La construcción estuvo guiada por un arquitecto y un capataz local, dándose prioridad a la contratación de trabajadores locales, entre ellos mujeres que ayudaron en la producción de ladrillos para las viviendas.

Inicialmente se construyó una sola casa en cada una de las poblaciones piloto para asimilar las lecciones aprendidas antes de proceder en mayor escala. El programa piloto permitió capacitar a miembros de la comunidad en técnicas de construcción y proporcionó un diseño de vivienda económico, racional y reproducible. Al cabo de un año se habían construido 100 viviendas en ocho poblados, y muchos más estaban en lista de espera.

El programa de Surinam cambió las vidas de los pobladores de algunas de las zonas más apartadas del país, proporcionando vivienda de manera sostenible y culturalmente adecuada a los más pobres y vulnerables, e infundiendo un sentimiento de orgullo en los beneficiarios que contribuyeron al proceso de construcción, el cual incorporó diseños tradicionales.

Historia por:
Carolina Piedrafita, consejera del Director Ejecutivo por Argentina y Haití en el BID.
Carol Nijbroek, analista senior de operaciones en la Oficina del BID en Surinam.

Esta historia sobre resultados se basa en la operación con garantía soberana SU-L1015, que cerró en diciembre de 2015.

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